Argentina, al borde de la eliminación

Pesadilla en la calle Nizhny

Por Leo Timossi (@leotimossi)

Queda una bala, pero el escenario es una ruleta rusa. Queda una vida, pero está maldita. Que el bosque no tape el árbol: poco le importará al hincha albiceleste cuando amanezca recordar que llegará al partido con Nigeria con alguna pequeña chance de meterse en los octavos. Hay lugar para la esperanza, pero no hay elementos que disipen las dudas: la Selección Argentina ha dibujado en la tarde de ayer una de las pinturas más tristes de toda su historia, tras caer 3-0 ante una limitada pero prolija Croacia.

Solo un milagro el próximo martes podrá revitalizar un plantel que ayer no dio muestras de contar con restos anímicos para la epopeya, a un cuerpo técnico al que le fueron quemando los papeles del guion que nunca terminó de diagramar. Argentina fue una banda, en el sentido menos romántico de la palabra: un conjunto de botines deambulantes que poco o nada ofreció cuando la adversidad se hizo notar.

Si el siguiente partido se mantiene, como parece, sobre la vereda de la sombra, este fracaso (mucho más previsible que en el 2002, mucho más doloroso por haber desaprovechado por cuarta vez al mejor jugador del mundo) explotará como un mortero y se llevará puestos varios nombres de la AFA. Los dos primeros, caras visibles del buque insignia: el de Sampaoli (sin brújula, sin gestión, sin evidencias de su sapiencia) y el de Messi, capitán y responsable del éxito y la derrota.

Responsable Lionel porque fue él, con su magia, quien depositó a Argentina en Rusia en la ahora lejana y difusa noche ecuatoriana; responsable él porque su juego, el que sólo él puede ofrecer, brilló por su ausencia en esta Copa del Mundo y si nada puede esperarse uno de los mejores jugadores de la historia, que puede pretenderse del resto de un plantel de jerarquía finita y rebeldía nula.

La furia de los Balcanes

La página negra que escribió ayer la Selección Argentina quedará (salvo un milagro) mucho tiempo en el recuerdo, aunque probablemente pocas veces quiera ser leída en voz alta. Y en ella deberá constar que la presión croata en la salida albiceleste fue una de las claves para que los de Sampaoli no puedan dominar con comodidad la pelota; se abusó del pase hacia atrás, supuestamente seguro y esa responsabilidad en los pies de Wilfredo Caballero era un hilo fino que pronto se iría a cortar: las constantes fallas en el apoyo hacia el arquero suplente del Chelsea encontraron su castigo cuando intentó sortear la pelota por encima de la humanidad de Rebic para que, pifia cómplice mediante, el atacante del Eintracht alemán ejecute sin piedad. Pierna alta, volea perfecta, lágrima en la red. Final del partido, cuando todavía quedaban casi cuarenta minutos por jugar.

Desde ahí sobra el análisis: salió Enzo Pérez (de buen primer tiempo, pero autor de una falla cada vez más dolorosa) e ingresó Pavón, que no logró imponer su marca; salió Agüero (¡!) para que entre Higuain, que le dio otra dinámica a la última línea; salió Salvio y se metió Dybala, que nunca terminó de enganchar.

Messi, entre golpeado y semipresente, retrocedió unos metros para hacerse con la pelota, pero su distribución, siempre brillante, no alcanzó ningún registro de efectividad.

Llegaría Modric, después, para marcar con una maravilla desde fuera del área y luego Rakitic, sentenciando sin festejar la crónica de un triunfo anunciado.

Tal vez el futuro argentino también estaba escrito desde antes, cuando cayó 6-1 ante España algunos meses atrás. Ahora queda una bala, pero nada indica que la sepan usar.  

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